Unos lo llaman inspiración. Otros, simplemente, copia. La línea que separa ambas es tan fina que son muchos los artistas y diseñadores que la han cruzado. No es un asunto nuevo, sino que existen antecedentes. Velázquez para su célebre cuadro de Las Hilanderas se sirvió de unas estampas con las sibilas de Miguel Ángel de la Capilla Sixtina. Eran muy igualitas. Otros nombres conocidos acusados de plagio han sido Picasso que se “copió” a Braque su cubismo, el diseñador Mariscal acusado de copiar a Cobi de las baldosas de un bar de un pueblecito del Sur (asegura que no estuvo nunca allí) o mi vecina del tercero que ha acusado a la dependienta del colmado de copiar el color de su peinado (se lo ha teñido de fucsia y eso es “muy original y demasiada casualidad”), o me viene a la cabeza el polémico artista británico Damien Hirst, conocido por sus tiburones o vacas en formol que han alcanzado cifras estratosféricas en subastas. El también creador Charles Thomson aseguraba en la revista Jackdaw que al menos quince obras de Hirst estaban inspiradas en otras ajenas, entre ellas los anaqueles con medicinas que comenzó a exhibir en 1989 y su instalación Pharmacy (Farmacia), de 1992, copiadas, según Thomson, de Joseph Cornell, quien ya presentó en 1943 un pequeño armario con botellas en las estanterías y que también bautizó como Farmacia, ni siquiera cambió el título. Entre los artistas que han acusado a Hirst de plagio está el británico John LeKay, que en 1987 presentó una crucifixión con un cadáver de cordero, una idea que posteriormente se apropió Hirst. LeKay también se adelantó al británico con sus cráneos engarzados con joyas, y la estadounidense Lori Precius ha asegurado que comenzó en 1994 a hacer rosetones con alas de mariposas disecadas.
No cabe duda de que Hirst y Thomson ven el arte de formas diferentes. Con la llegada del posmodernismo en la segunda mitad del siglo XX surgieron numerosos movimientos que abogaban por la ruptura con antiguas concepciones artística. Y ahora, ¿qué?. Si bien cualquier tipo de plagio o apropiación siempre está mal considerado en el circuito del arte tradicional, y lo proclaman normalmente gente ciertamente un tanto retrograda, sobre todo se habla de plagio si se trata de un autor cuyas obras pueden tener MÁS DE SEIS CIFRAS y se le exige que sus piezas estén a ese nivel . En el caso de Hirst, dice el investigador J.L. Requena, investigador de Historia del Arte :“El asunto le servirá de revulsivo para que la gente hable del él y de su obra. Es un artista provisto de un gran talento, es un creador de formas innato, con una inventiva admirable. Me parece muy sospechoso que los artistas que ahora lo acusan hayan tardado tanto, justo cuando el artista británico está en la cresta de la ola. Mucha casualidad”.
Y hablando de casualidad, ésta desde luego también existe porque las ideas saltan de una cabeza a otra, a veces en el mismo sitio y en el mismo lugar. Películas con el mismo título y el mismo argumento el mismo año y que una está hecha en Singapur y la otra en Los Angeles, un edificio similar hecho durante el mismo periodo y que se termina en dos ciudades distintas casi el mismo año, fotógrafos a los que se les ocurre fotografiar el mismo motivo desde el mismo punto de vista…la historia está plagada de casos de este estilo. La originalidad no es que esté sobrevalorada, está mal valorada. Quien crea que su obra surge de su privilegiado y original cerebrito creativo que tire la primera piedra o que se instruya un poco y de paso se conozca a sí mismo.








